
Quedo mal yo...
La vida es:
A. fácil
B. simple
C. compleja
D. una mierda
Mi vida es:
A. una incertidumbre
B. la mejor vida que alguien puede vivir
C. patética
D. una cosa que no controlo
Ahora debería:
A. seguir escribiendo
B. irme a dormir
C. mirar una película
D. repasar los buenos momentos de mi vida y bla bla bla
Yo me consuelo con que alguien alguna vez comente algo que yo haya hecho. Un chiste. La canción que nunca escribiré. Un post de este blog. Un dibujito. Algún guión para un corto. Un gesto. Una ocurrencia. Algo.
Algo que trascienda. Algo que deje algo en alguien. Ni más ni menos. Pero anónimo. Nada de fama. Que nadie lo sepa. Sólo yo. Quedarme con que dejé algo en alguien. Pero para lograrlo, tengo que ser brillante. ¿Me dijiste que siguiera por ésta y doblara a la derecha, no?
Escrita, dirigida y protagonizada por Zach Braff (el de la serie Scrubs). Es una muy linda película. En serio. Es muy buena. Es sobre un actor que vuelve a su pueblo natal después de casi 20 años. Con una relación un tanto complicada con sus padres, debe volver ante la noticia de que su madre falleció. Allí se encuentra con viejos amigos, conoce a una chica divina, y le pasan miles de cosas. Pero principalmente, se encuentra con él. Dicho así parece re cursi. Pero es verdad. Y es buenísimo. En fin. La cosa es que en un momento están en un lugar donde un tipo cuida una fosa enorme. Una grieta en
El pibe éste encara salado lo que le está diciendo el cuidador. Se despide diciéndole “suerte con la exploración del abismo infinito”. Y es genial esa frase. En la imagen que colgué de la película, está él con la chica y un amigo, gritándole precisamente a ese abismo infinito. Y tá. No sé cómo decir lo que quiero decir. Al ver la película se entiende perfectamente.
Luigi: ¡Negro! ¿Qué hacés, Negrito?
Negro: ¿Todo bien, Luisito?
L: Acá. ¿Qué hacés? ¿Laburás por acá?
N: Sí. En Convención y Colonia. En un estudio contable.
L: Mirá. Qué raro. Nunca te había visto. Esta es mi parada.
N: Jeje. No sé. A veces me voy caminando. Capaz por eso…
L: ¿Qué contás? ¿Todo bien?
N: Sí.
L: ¿Todo bien? ¿Tu vida?
N: Bárbaro. Sigo con Gabi… ¿te acordás de Gabriela? Mi novia de Mercedes.
L: Sí. Obvio. ¿Cómo no me voy a acordar? Hace años que están…
N: Sí. Salado. Añales.
L: ¿Pero bien?
N: Sí. Re bien. Sigo viviendo con el Colo…
L: Jeje. Andan mal sus cositas… Me enteré que se compró un auto.
N: Sí. Gana re bien el hijo de puta.
L: Tá bien…
N: ¿Y vos? ¿Seguís laburando en publicidad, no?
L: Sí. La mentira continúa.
N: Jaja. Te he visto en la tele. Siempre recibiendo premios.
L: ¿En serio? ¿Decís que soy tu ídolo? ¿Tenés pósters míos en tu cuarto?
N: ¿?
L: Nada. No importa. Un divague. La tele… Sí. Me han dicho que he salido…
N: Sí. Te he visto.
L: Tá bien. ¿Qué ómnibus te tomás? Porque ahí vienen varios… Odio cuando vienen muchos bondis y uno para, y el otro pasa por atrás y no lo ves.
N: ¿?
L: No… Que qué ómnibus te tomás.
N: Ahhhh. El 60 generalmente.
L: Ah. No. No viene.
N: ¿Y vos? ¿Qué contás?
L: Yo qué sé. Tengo una perra. Lalala se llama. Divina. No sabés lo que es…
N: ¿Y Gizmo? El que tenías en Mercedes…
L: Murió.
N: ¿En serio?
L: Sí. Una mierda.
N: Pah. Qué cagada. Pero tá: estaba viejito…
L: Yo qué sé. Estoy viviendo solo. Mi hermana se fue por suerte.
N: Buenísimo.
L: Sí. Mismo. Después… me peleé con mi novia.
N: Ya sabía que te habías peleado.
L: No. Pero no María. Andrea. Estuve de novio año y medio.
N: ¿De acá?
L: Sí. De Montevideo. Me la presentó una amiga en común.
N: ¿Y se pelearon?
L: Sí.
N: El Colo anda de novio. Con una de Pando.
L: Mirá…
N: No. De Pando no. ¿De Santa Lucía? No. Creo que de Pando sí.
L: Tá. No importa. Anda de novio con una que no es de acá.
N: Sí. Creo que es de Pando.
L: Tá. No importa. ¿Pero está bien?
N: Y… Es morochita…
L: ¡No! Si el Colo está bien…
N: Ahhh. Jaja. Sí. Está bien sí.
L: ¿Qué más te puedo contar? Me compré una púa.
N: ¿?
L: Para la guitarra… Una púa…
N: Ah. Mirá. Ahí viene mi ómnibus.
L: Bien. A por él.
N: ¿?
L: Nada. Bueno. Nos estamos viendo.
N: Dale. Nos vemos.
L: ¡¡Arriba!!
Qué charla de mierda. Mirando cada dos segundos si venía el ómnibus. El mío o el de él. El primero que pintara. Pensando qué decir. Arrepintiéndome de no haber simulado que no lo vi. Jaja. Mentira.
Estuvo buena la charla. Igual, los dos sabíamos que al decir “nos vemos” estaba implícito que eventualmente nos veríamos, pero no que hablaríamos. Hubiéramos dicho “nos hablamos”, “pasame tu celular” o algo así. Jaja.
En verdad, la charla a mí me removió. Hice como un resumen apresurado de estos últimos ocho, nueve años de mi vida. Dejé cosas importantísimas afuera. Datos sueltos, descolgados. Pero tá. La charla medio que no daba. Tampoco mi interlocutor. Fuimos re amigos, pero ahora no me iba a entender. Jaja. Pobre Negro… Queda como un nabo. Pero en verdad, nada que ver. Es más: él pensó que yo era un nabo. Seguramente le habrá contado a Gabi que se encontró conmigo, y que estaba re cambiado. Y es verdad…
Cómo cambié. Cómo me gusta mi versión actual. Todo bien con el Negro, pero tá. No soy el que él recordaba, mientras que para mí, él sigue igual.
La ansiedad me está venciendo. ¿Por qué? La puta madre. A mí nunca me pasaba esto. Yo era un tipo racional, tranquilo, que buscaba soluciones a todo. Ahora sé que hay miles de cosas que no tienen solución, y que tá, que no vale la pena hacerse mala sangre. Ja. Qué fácil es escribirlo. Qué destructivo es no poder utilizarlo en la vida.
Ejemplo: estoy pensando una puta gráfica para una puta promoción de Pepsi. Y no se me ocurre una puta idea. La puta madre.
-
-¡Hola!
-
-¡¡Hola!!
-
-¡¡¡¡Hola!!!!
-
-Este culo roto no tiene ganas de hablar… Tá bien… Que no hable…
-No es que no tenga ganas de hablar. Lo que me pasa es que no sé qué decir.
-Está bien. En esos casos es mejor no decir nada.
Ahora no.
Es lo que tiene: cuando una banda se vuelve popular, cambia.
-¿Qsdgniurweqt?
-Uia… Estabas dormido…
-¡Qsdgniurweqt!
-Dale. Vení. Despertate. Me aburro sin vos.
-Qué ladilla que sos. ¿Para qué me querés?
-No sé… Para charlar…
-No me jodas. Ponete a escribir algo.
-¿Decís?
-Sí. Lo que quieras. Pero no me jodas más.
-Che… Qué mala onda resultaste ser…
-¡Qsdgniurweqt!
-¿!¿!¿Eh?!?!? ¿!¿!¿Qué pasa?!?!? ¿!¿!¿Qué pasa?!?!?
-Soy yo. Despertate.
-¿Qué querés? ¿No ves que estaba durmiendo? ¿Por qué me despertaste?
-Escuchá. ¿Oís? Es Miranda! Es el tema que te gusta a vos…
-¿Qué? Lo que suena es Fantasía, nabo.
-Jaja. Caíste.
-Sí. Pero… ¿por qué me lo decís ahora puntualmente?
-Porque no aprendés más.
-Ahhh… ¡Ojo! ¡Presten atención! Habla el tipo que aprende de sus errores.
-Qué tarado. En serio te digo. ¿Toda tu vida vas a hacer lo mismo?
-No te voy a responder esa pregunta hasta que no me digas de qué estás hablando.
-De tu problema con el alcohol.
-¿Qué problema? Yo no tengo problema con el alcohol. ¿Qué decís, idiota?
-¿Ves? Te pones violento.
-No me pongo violento por el alcohol. Me pongo violento en todo caso por tu estupidez.
-¿Ves? Yo así no quiero seguir hablando.
-Y bueno… ¿Qué me importa? Además… ¿quién te mandó a hablarme?
-Nadie. Yo solito me acerqué. Pero tá. Si te molesta me voy.
-No. Pará. Perdón. No te vayas, que si no me voy a tener que terminar la cerveza solo.
-¡Ya te la terminaste, nabo! ¿Ves que tenés un problema?
-Zzzzzzzzzz
Las últimas tres se han destacado. Han sido muy positivas, repletas de emociones y sensaciones. Llenas de recuerdos y pensamientos para los días siguientes. Algunas fueron confirmaciones. Otras fueron reencuentros. Algunas fueron resistidas. Otras fueron espontáneas. Pero todas fueron muy muy muy buenas.
La primera de ellas fue con Rosina. La segunda fue con Gabriel. La tercera, con el Novel. Cada una de ellas fue muy distinta, aunque todas tenían en común que sólo importaba las dos personas que estaban juntos. Así fuera con un teléfono de por medio, con una cerveza o una especie de asado. Los temas tratados fueron muy diversos. No faltaron silencios, pero tampoco molestaron. Lo bueno de todas la noches, fue que no importaba la hora. O sí. Pero no importaba verdaderamente. Éramos dueños de la noche.
Hoy, de golpe me encontré atravesando la cuarta noche de la seguidilla. Estaba solo. Ya no tenía nada más para hacer o inventar. Y sinceramente, no me estaba bancando la cabeza. Entonces me propongo salir a caminar. Fui a buscar la correa de Lalala, para sacarla a pasear. El dolor de espalda que traigo conmigo desde el sábado por no dormir tanto estas últimas noches, me hizo recordar que no sería buena idea salir a hacer fuerza con ella. Le di un beso y salí solo entonces. Solo, salí a caminar a escaparme de mí. Sin rumbo. Sin cosas en la cabeza.
Una cuadra me duró. Seguía sin rumbo, pero ahora tenía cosas en la cabeza. Y eso que tenía rondando, era precisamente este post. Qué raro. No recuerdo si alguna vez me había pasado. Casi lo iba escribiendo mentalmente, y ahora solamente estoy tipeándolo. Está fulera esta noche. Me importa mucho la hora, pero negativamente. Estoy esperando que pase la noche, que se termine. Me gustaría no tener que pasar conmigo mismo. Estoy podrido de no controlar mi mente. No puede ser que me gane todo el tiempo.
Tal vez este post sea como una forma de controlarla. No puede ser que no quiera estar conmigo mismo solo. Con lo bien que la pasaba yo solo. Jaja. Ya me siento un poco mejor. Escribir funciona, che. Jaja. Al menos me ha funcionado.
-pasan un par de horas entre que empecé a escribir este post y ahora que lo retomo-
Me puse a leer las cosas que he escrito acá en “Grageas para todos”. Entre otras razones, justamente tengo un blog para poder escribir cosas y leerlas al tiempo. Algún día, ponerme a leer cada uno de los posts con la distancia necesaria para analizalos. ¡Y adivinen qué! Decidí que ese día/noche fuera hoy. Está siendo hoy.
Si bien me estoy escapando de mí, me estoy reencontrando conmigo. O con ese “yo” que fui en ese momento que escribí todo lo que escribí. A la mierda que escribí, che. Más de 100 posts voy. Y me gustan la mayoría. Me río o me pongo mal con ellos. No a un nivel de redacción. Más bien me gusta lo bien que exteriorizan cómo me sentía o lo que me pasaba cuando los escribía. O cómo lo ocultan, dejando pistas. Demencias como las “charlas conmigo”, “reflexiones y preguntas de un idiota” o “no me hables así”. Las miles de preguntas sin respuestas. Los planteos sobre quién soy. Las historias más mínimas, pero que esconden metáforas un tanto rebuscadas. A veces. Otras no tanto. Jaja. Soy re evidente. Lo cruel de “esto pasó hace un tiempo”, donde me digo que me he fallado constantemente. El “mail para mí mismo dentro de un tiempo”, que aún no me animé a releer y responderme. Las veces que me traté de convencer de que mi vida estaba bien. “Este día de la madre, regale un yerno” me encanta. “Vida del orto…” no recordaba haberlo escrito. “¿Me concede su risa?” es súper actual, y dice pompis. Jaja. “Te morís” es ingenioso. Pero sigo repasando, y ahí están nuevamente mis malestares. Y llega el quiebre en la linea editorial de “Estoy bien”. Cosas tan verdades como “¿Qué héroe querés ser cuando seas grande?” en sus dos partes. Tan premonitorias como “Escribo”. Tan con nombre y apellido como “¿Por qué entrás?”. Tan libradas a distintas interpretaciones como “Mañana no debería seguir siendo esto”…
Apa apa apa. Mirá la hora que es. Buenísimo. Esta se convirtió en una cuarta noche que se suma a las anteriores tres. Estoy solo. Me resistí a estar solo. Hubo confirmaciones y reencuentros. Simplemente hubo una hoja de Word en blanco y un blog lleno entre yo y yo. Pero estoy terminando la noche repleto de pensamientos, emociones, recuerdos y sensaciones. Qué vida, Teté.
-¡Pará! ¿Sos vos?
-No. ¿Quién voy a ser? ¿Vos? Obvio que soy yo.
-¿Qué hacés? Tanto tiempo… Me muero de la emoción…
-Ok. Tampoco exageres, ¿no?
-Sí. Está bien. ¿Qué querés, ladilla?
-Ando buscando…
-¿La felicidad?
-No…
-¿Escribir la canción perfecta?
-En este preciso momento, no.
-Ya sé. Ya sé. ¿Una espada samurai?
-Ya no.
-¿Una rockola?
-Mmmmm… Puede ser… Pero no… ¿Querés que te cuente?
-No. Dejame adivinar. Es más divertido. Por los viejos tiempos en los que hablábamos más…
-Bueno. Dale. Divertite vos que yo mientras me corto las uñas.
-Sos un asco. ¿Adelante mío?
-
-(Este boludo se re concentra cuando se corta las uñas)
-¿Me hablaste vos?
-Sí. Te decía que sos un asco cortándote las uñas de los pies adelante mío.
-
-Tá. Matate. Sigo jugando solo a adivinar que andás buscando. ¿Una cortina de baño con onda?
-No. Si la que tengo está bien…
-Bueno… Yo qué sé… ¿Seguro que no es la felicidad?
-Ya te dije que no. ¿Me escuchás vos a mí?
-A veces sí. ¿Una linterna?
-¿Una linterna? ¿Para? Sos un divague…
-Vos sos un divague. Mirá la mugre que dejás. ¿Cómo vas a tirar las uñas al piso?
-Tarado. Si llegué buscando el cenicero para ponerlas ahí. La cosa es que vos te pusiste a boludear… ¿Dónde está el cenicero al final?
-Lo tengo yo. ¿No ves que estoy fumando?
-¡¡La concha de la prima!!
-¿¡¿Qué pasó?!?
-¡¡Me quemaste el dedo gordo!! Bah… Me lo quemé.
Che… Aquel es un lindo loco… No sé qué me gusta de él… Pero está para darle… Pá… Me mata… Me encanta… Está bárbaro… (supongo que una mujer podría decir esto, no necesariamente acerca de mí)
Che… Aquel está loco… No sé… Me asusta un poco… No sabés con qué te va a salir… Se mata… Te digo… Es capaz de matarse… (supongo que una mujer podría decir esto, acerca de mí, sin necesariamente pronunciar el adjetivo lindo en ningún momento)
Jodida la vida del creativo. Jodida la vida. Punto. Pero bueno. Ese es otro tema que desarrollaré en otro post. O en verdad, es lo que hago en todo este blog. Pero en fin. Arranco de nuevo:
Jodida la vida del creativo. Estás ahí, ¿no? Pensando. Mirás para afuera. Te parás. Te sentás de nuevo. Te recostás. Te masajeás la cabeza. Te pegás en la pierna. Y la idea de mierda no aparece. Y volvés a hacer lo anterior. Le sumás cosas. Dibujás. Rayás. Hablás de algún divague. Pero te hacés el serio y pedís concentración enseguida. ¿Y la idea? Aún no aparece.
Una mierda. Pensás por un lado; pensás por el otro. Releés el brief. ¿Brief? Bueno… Eso que tenés ahí. Pero tampoco la idea es despotricar contra el ejecutivo de cuentas. Si no se me ocurre una idea, es culpa/responsabilidad/cosa mía. Y no se me ocurre.
Una mierda. Te sentís una mierda. “Estás robando la plata”, te culpás. Entonces, así de la nada, mágicamente, pensás algo que no te disgusta tanto. Le das un par de vueltas, para que al comentarla no te miran como diciendo “es una mierda eso. Estás robando la plata”. Y sentís que no sólo no te disgusta tanto, sino que por el contrario, te gusta.
La comentás. Notás que la gente asienta con la cabeza. Te entusiasmás. La gente la digiere y se cuelga más. Buenísimo. Tuviste una buena idea. En genial. Es lo mejor de esta profesión de mierda.
Los pensamientos siguen girando. Te das cuenta que en verdad no es una idea aún. Tenés un camino. Un concepto. Pero no te desanimás. Al contrario. Pensás que es un paraguas buenísimo para que se te ocurran ideas geniales.
Entonces de nuevo, te encontrás buscando la idea. Pero ahora con la tranquilidad de ir bien rumbeando. Y los minutos empiezan a pasar. Te das cuenta que de nuevo estás mirando para afuera. Te paraste. Te sentás y te recostás. La cabeza, la autoflagelación. Todo de nuevo. ¿Y la idea que hace explotar el buen concepto que tenías? No aparece.
Una mierda. Se presenta mañana, y hay que empezar a hacer los guiones. Entonces vas con la idea lineal que habías evitado. Estuviste tan cerca. Lo sabés. Lo sentís. Lo sufrís. Es lo peor de esta profesión de mierda. Jodida la vida del creativo…
¿Qué carajo hacés ahí arriba de la computadora? Ahhh… Te puse yo… Bien. Pero… ¿qué carajo hacés ahí arriba? ¿Estás seguro que yo te puse ahí? ¿Yo? ¿Por? ¿Nunca te dije por qué? ¿Y vos aceptaste, así, sin más? Sos un sumiso de mierda. Qué embole. Digo… Qué aburrida tu vida, ¿no? ¿Qué? ¿Que más aburrida es la mía por estar hablando con un muñequito del Profesor Jirafales que venía con
El cine rioplatense ha dado grandes joyitas en los últimos años. “La suerte está echada” no es uno de esos casos. Película mala si las hay. Previsible. Mal actuada. Peor dirigida. Guión flojo. En fin. Nadie me devolverá las dos horas que perdí viéndola, así que no insistiré con más críticas hacia ella. Además, ahora que lo pienso, capaz no es tan mala. En fin. Yo acá iba a nombrar la película sólo para comentar algo que rescaté de ella. Sí!! Algo se rescata…
En determinado momento, un profesor de tango le comenta a su alumno una cosa a la pasada, pero que en verdad, es una muy buena visión acerca de la vida en general.
“Vivimos la vida con la ilusión de que es un evento en vivo; pero en realidad, es en diferido”.
Para ejemplificar, habla sobre un partido de fútbol que se juega el domingo de tarde. Él dice que no lo ve, que no lo escucha y que evita tener información acerca del mismo. Luego, de noche, lo ve en diferido. Él vibra con cada pelota dividida, sufre con cada tiro hacia su arco, protesta cada decisión del juez, grita con las pelotas que pasan rozando el arco rival. Pero sin embargo, él sabe que todo lo que pasó en ese partido, ya pasó. Nada va a cambiar. Por más que hinche, por más que grite, por más cábalas que ponga en práctica, todo sucederá tal y como ya sucedió.
Verdaderamente, no sé si me afilió tanto a esta visión de la vida, pero por las dudas… ¿alguien sabe cómo salió el partido?
¿Viste eso de “él/ella no te merece”? Eso de “vos te merecés a alguien mejor”… Bueno. Eso. ¿Quién merece a quién? ¿Cómo se sabe eso? ¿Existe una respuesta? No creo.
Las respuestas que he encontrado no me convencen. En verdad, ni siquiera sé si me lo he preguntado verdaderamente, ya sea para mí o para otra persona. Pero igual me suena que hay gente que se merece gente casi perfecta. Gente que no le haga mal. Nunca. Gente que dé todo lo que la otra persona necesite. Sin que lo pida. O sin que lo quiera. Pero que lo necesite y lo tenga. Gente casi perfecta que ame a la otra persona más de lo que se ama a si mismo. Gente que se preocupe más por el bienestar de la otra persona que por el propio. Gente que haga ser mejor gente al otro. Gente que sea mejor gente con el otro. Gente buena. Buena gente. Gente excelente. Gente que no existe.
Nadie es así. Nadie es esa persona que otro merece. Pero de todas formas, hay gente que se aleja mucho, muchísimo de eso. Gente que no se merece nada de vos. Igual, andá a explicarle al corazón eso. Al corazón, al cerebro o al órgano que sea. Él no te merece. Vos te merecés a alguien mejor. Ese alguien mejor no existe, pero te lo merecés. Entendelo de una vez. Te merecés entenderlo.
Federico es pintor. Al menos lo era. Su vida no podía decirse que era mala. Tenía una mujer y un hijo, una casa en el campo y amigos. Pero también tenía soledad. Con la excusa de buscar la creatividad siempre se quedaba con él mismo mucho tiempo. Y unas de esas veces terminó con su vida.
El tiempo pasó. La casa perdió toda intención de luz que podía llegar a tener. Cristina y Tomas, mujer e hijo de Federico siguieron viviendo ahí. Un día decidieron entrar al estudio, que no contó con la presencia de persona alguna más que del difunto. Investigaron un poco y encontraron un libro. Algo así como las memorias de Federico. Tras indecisiones, se proponen leerlo. La mujer empieza en voz alta en cualquier tramo: “...y no olvidarme de ese cuarto en donde la mayor parte de mi vida pasé. Allí era mi refugio, el lugar donde me podía encontrar conmigo mismo. Nadie más entró nunca allí, supongo debido a que constantemente lo prohibía, o quizás por la ambientación que con los años le había dado...”. En otro momento leyó: “...a cigarrillo, a alcohol, a sangre, pintura, perfume y millones de otras cosas se juntaban para...”. Pero todo esto no llamaba la atención de la mujer, y menos del niño, salvo en el momento que dijo: “...pobre y desamparado mi hijo Tomás, quien vivió desde los 3 años el martirio de ver morir a su madre. Pobre también de Cristina que se sintió ella misma obligada a cuidar de él y de mí, aunque en esta última tarea sabía que no lograría...”. Algo como una lágrima recorrió el rostro de ella, se fue deslizando por su brazo, en el cual descansaba su cabeza, y llegó a destino sobre las páginas del libro. Enseguida el niño, ya con la atención puesta en la lectura del libro, se ocupó de sacar la lágrima de la página. Pero el movimiento de su mano sacó no solo la tímida gota, sino que también movió las letras de la hoja. Se puso muy mal, hasta pareció que trasladó su pesar por el hecho a la mujer, quien lo calmó diciéndole que era la última hoja. Terminaron juntos la lectura, y se abrazaron en un mar de lamentos.
Decidieron pararse y salir de ahí, como cumpliendo una orden del libro. Pero por las dudas dieron vuelta la página para ver si había algo mas escrito. Escrito no había nada, había sí una pintura. Los ojos de Tomás se llenaron de luz. Movió su mirada por la habitación, y volvió al libro. Notó que era lo mismo, tal como hacía cinco escasos minutos se encontraba la habitación: ellos sentados, el niño con el libro, un florero, la mesa, todo igual. Pero con el pasar de los segundos se produjo un cambio. Por la ventana no se veían árboles ni nubes. El niño corroboró la concordancia mirando la ventana del libro y la que estaba detrás de él. Había letras, más bien garabatos a los que parecía que se le hubiera caído una gota encima.
Casi que la tengo… Es linda. Muy linda. Y no porque sea mía o porque sea la primera. Es linda mismo. Quiero cantarla todo el tiempo. Casi que la tengo…
Qué raro. Reviso el post anterior y hay un par de cosas que no me cierran. Me suena como que la idea no se termina de entender. La cagué sobre el final creo, con eso de diferenciar entre lo que tiene que pasar y lo que no tiene que pasar. Es una estupidez. O sea: siempre es posible ver de una u otra forma las cosas. ¿Me explico?
Me tenía que quedar sin ese sombrero.
No me tenía que comprar ese sombrero.
Es lo mismo, pero dicho de otra forma. Uno mismo se hace trampas, jugarretas y otras cosas como para engañarse y seguir feliz. Pah… Me fui a la mierda capaz. En fin. Medio que me deprimí. Dejamos el tema para un próximo post, a denominarse “Acerca de cuando uno se autoengaña”. O sino, hacemos scroll y vemos posts anteriores…
Medio que estoy terminando de dominguear y descubro “ups… me quedé sin cigarros”. Junto unas monedas como para comprarme un Marlboro Azul 10, o en su defecto, Nevada. Me pongo una remera, cazo las ojotas y salgo a la calle. Hace más frío del que me esperaba, pero ese dato no viene al caso.
Pego la vuelta a la esquina, yendo hacia el almacén por tercera vez en el día. Me digo “este tipo no vende Marlboro” y cruzo Garibaldi, hacia el otro kiosquito que está abierto hasta tarde. Bah… Que hasta hace una semana abría hasta tarde. Vuelvo sobre mis pasos hacia el almacén. No tenía Marlboro obviamente, ni Nevada chico. Lo único que tenía era Fiesta. Buuuuuu.
En un último intento, camino unas cuadras a la redonda, buscando algún kiosco salvador. No existe tal cosa en mi barrio. Sin planearlo, las vueltas que di me depositaron nuevamente en el almacén. Me digo “tá… me llevo los Fiesta y me dejo de joder”. Mi amigo almacenero los había vendido. Increíble.
Vuelvo a casa, derrotado en cierta forma, pero a la vez triunfador en otra. Vuelvo pensando en el destino o alguna de esas cosas.
Cuando algo tiene que pasar, pasa.
Podría verlo a la inversa, y decir que cuando algo no tiene que pasar, no pasa.
Sin embargo, la vida me ha demostrado que el planteo por la positiva es el que realmente sucede. Entonces, en vez de pensar que lo que no tenía que pasar era fumar, pienso que lo que tenía que pasar era escribir este post.
Suena Árbol en la máquina de Pablo. Muy apropiado. La canción que escuchamos es “Mirá vos”. Una y otra vez se repite lo mismo: la vida es simple, la gente la complica. Todo dicho. Me voy yendo…
Uno… dos… tres… cuatro… cinco… Uno… dos… tres… cuatro… cinco… Uno… dos… tres… cuatro… cinco… Así, cuatro veces al día. Así, trescientos sesenta y cinco días. ¿Quién te dice? Al menos, buena onda el homeópata…
- Olvidar todas y cada una de las responsabilidades que uno tiene (si eso incluye bañarse por ejemplo, que lo incluya)
- Caminar (sin importar si nuestro calzado, indumentaria o aspecto es el indicado)
- Fumar (no es sano, lo sé… pero tá)
- Dejarse maravillar por lo más estúpido (desde un bebito en un cochecito que nos ablanda con una mueca hasta por lo barato que están los jugos Verao en el súper)
- Tener una sonrisa (sí… de esas que molestan en otros… las que cuando las ves te preguntás ¿por qué carajo está sonriendo este pibe?)
- Olvidarse que uno no está bien (recordarlo no sirve de nada)
- Cantarse para uno mismo (o para la gente, aunque nos miren raro)
- Apagar el celular (o ponerlo en silencio al menos)
- Tener en cuenta cómo volver a la casa de uno (no está bueno perderse)
- Parar de caminar un ratito y sentarse en un murito (y ver lo que pasa en el barrio en el que nos encontremos)
- Encontrar formas en las nubes (en caso que hayan)
- Tomarse una cerveza chica (tampoco la idea es empedarse)
- Tener algo en la mano que sirva de amansa loco (una bandita elástica, una moneda o una piedrita… no tanto así un sorete de perro o un moco)
- Volver a casa (si pinta… en caso contrario, lo de un amigo también sirve)
- No hablar con nadie, sólo con uno mismo (sí… como un loco)
- Recordar por qué uno estaba en un mal día (en caso de recordarlo, volver a repetir los pasos… en caso de ser imposible, darse cuenta que uno le ganó al día)
El día lo cambié. Mi vida no. ¿Pero quién te dice que no lo empiece a aplicar más seguido y lo logre?
Ayer fui a comprar una Coca a la almacén. Ya que estaba, compré además de la Coca un Pico dulce y un Hamlet. El que me atendió es un buen ejemplo de alguien con buena onda, de esos que te cruzas en la calle y lo saludás con gusto, y no necesariamente por compromiso.
La almacén queda a la vuelta de casa, por lo que iba con la tranquilidad de alguien que presume que nada malo puede pasar en menos de 100 metros a la redonda de su casa. Tal vez, ahora que lo pienso, haya vuelto medio que a los saltitos y hamacando la bolsa con las compras. No sé. Cuando compro Coca me cambia el humor.
Al doblar la esquina, la maldita bolsa se rompe. La Coca empieza a rodar calle abajo, pero previamente cae de culo sobre mi pobre y semi descalzo pie. El cuento sigue y me incluye a mí corriendo tras la botella de mierda, perdiendo el Pico dulce en el camino y otras cosas igual de idiotas. En fin: te odio, hombre de la almacén que me da bolsas falladas.
Sí. Sé que no es el que maneja los sentimientos. Lo sé. Pero tá. Es mi ídolo. Manejar tus pensamientos me rinde. Lo de los sentimientos…
Estaba en la agencia, y en determinado momento me vinieron ganas de fumar. Bajé. Prendí el encendedor y bajé la mirada como para embocarle al cigarro. En eso, como en segundo plano, veo la felicidad ante mis ojos. No. No era una mujer. Otras veces me ha pasado, pero no esta vez.
Lo que vi fue ese nylon con gorgoritos. No sé cómo carajo se llama, pero de ahora en más lo llamaré felicidad. Estaba en el piso, así que no daba para agarrarla. La felicidad estaba en el piso, no yo. Otras veces me ha pasado, pero no esta vez.
En fin… Estaba en el piso. Quería tener contacto con ella. Entonces me paré sobre ella, y comencé a afirmarme como para ir rompiendo los gorgoritos. Como era de esperar, fue buenísimo. La doblaba, pisaba poquito, pisaba con todo. Iba jugando con la felicidad. Fui feliz con la felicidad. Pero en determinado momento, la felicidad se fue. Yo fui el culpable. Había pisoteado la felicidad. Otras veces me ha pasado, y esta vez fue una de ellas.
El calor que hace afuera es una cosa de no creer, teniendo en cuenta la fecha en la que estamos. No prendí el aire, pero el vientito que entra por una ventana en un octavo piso alcanza. Me pongo a imaginar el viaje de vuelta a casa en el 187, y no quiero experimentarlo. Imagino, pienso y llego a la conclusión del título: qué buen momento para escribir.
En vez de seguir haciendo clicks para cerrar programas, hago click para abrir uno. El Word. Me entusiasmo, y también abro el iTunes. Claro. Si la vamos a hacer, vamos a hacerla bien. Tengo el tic del Control + G para guardar, y cuando me doy cuenta que debo poner Sí, confirmo que me voy a quedar un buen rato escribiendo. Entonces guardo esto en el Escritorio, bajo el nombre de 187.doc. Subo los pies hacia el escritorio, los cruzo, pongo a Lisandro y arranco a escribir. Me felicito a mí mismo: encontraste un buen momento para escribir.
Atrás mío está Mariela. Una divina. Todo bien con ella. Es la que limpia acá en el laburo. Ha sido mi compañera en otras noches reflejadas en este blog. Pero hay veces que no está todo bien con ella. No por ella. Por mí. No quiero hablar con ella. No quiero decirle por qué hace años que no voy a Mercedes, responderle si hay mucho laburo, o comentar acerca del calor que hace. Perdón Mariela, pero si seguís hablando, me calzo los auriculares. Mi cara debió haber transmitido ese aviso, porque Mariela se fue a limpiar otra oficina. Ahora sí, me digo: qué buen momento para escribir.
Es cómico. No sé sobre qué escribir. O sé, pero no quiero escribir sobre eso. Y miro la página del Word, y veo que he escrito más de lo que últimamente estoy escribiendo en el blog. Entonces analizo no escribir sobre nada. Mmmmmm… No me tienta tanto. Me pongo a cantar con Lisandro. Canto dos o tres temas seguidos. Estoy en un buen estado espiritual, por así decirlo. Estoy acercándome a la más básica expresión de la felicidad. Despojado de muchas cosas aburridas y negativas como responsabilidades, compromisos, cuentas para pagar, y pensamientos. No pienso. Las canciones me las sé de memoria. Entonces creo que cierro los ojos. Y canto. En voz baja, sin abrir la boca siquiera. Pero canto fuerte. Me siento bien; en los dos sentidos que tiene sentir. Muevo la cabeza para un lado y para el otro, siempre cantando y con los ojos entreabiertos. En eso, noto que la pantalla de la computadora abandonó el blanco predominante del Word, para dar lugar al negro con el que comienza el salvapantallas. Recuerdo entonces que había encontrado un buen momento para escribir.
El sentimiento de recién, mágicamente se corta, se va. Trato de retenerlo, pero no tengo la más puta idea de cómo lograrlo. Vuelvo a poner el tema que estaba sonando en su momento, pero no tiene el mismo efecto. No había sido buscado, así que sé que no tengo chance alguna de que vuelva. Las cosas que se van no vuelven, sentencio. Le busco un poco la vuelta para ver si eso me lleva a escribir sobre algo. Y sí. Las cosas que se van no vuelven, pero las que no se van, siguen todo el tiempo ahí. Me deprimo un poco. Un poco más. Cada vez más. El cigarro en mi boca está prendido y largando humo, pero yo no lo fumo. No puedo dejar de escribir. Siento que el corazón se acelera un poco, y mis dedos también. No dejan de teclear. Como me ha pasado en otras ocasiones, van más rápido que mis sentimientos y/o pensamientos. Estoy mal, pero eso no inhabilita que éste verdaderamente sea un buen momento para escribir.
Es increíble. El iTunes es inteligente. O al menos perceptivo. Tira “Que todo vuelva” de Lisandro. ¿Para qué? ¿Por qué? Quizás deba dejarme de joder y subirme al 187 del orto, bancarme el calor e ir a mi casa a dormir. Quizás sea lo mejor en este momento. Quizás este no sea un buen momento para escribir.
Es extraño. Me está pasando a menudo. Generalmente, cuando me paro frente a un espejo. Pero también cuando abro la puerta de arriba de la heladera, al colgar una percha en el ropero o al buscar un disco en la repisa. Básicamente, lo que me pasa es que me suena que mis ojos ven a distinta altura de lo que comúnmente lo hacen. No sé cómo explicarlo bien. A ver… Digo en relación al objeto frente al que estoy parado. Es como que a veces sintiera que estoy mirando esas cosas parado en puntas de pie, pero sin estarlo. Siento como que tengo una visión nueva de esas cosas comunes. Pero después, vuelvo a sentirme chico. O normal. Alguna vez me pasó a la inversa. Pero no es tan frecuente. Lo usual es que me sienta más alto. Es extraño.
En serio me lo pregunto. ¿Por qué entrás? ¿Qué esperás encontrar? ¿Ver cómo me revuelco en mi miseria más propia? ¿Enterarte si soy feliz y vos no la sabés? ¿Algo que hable de vos? Es obvio que todo habla de vos. Pero a la vez, nada habla de vos. Salvo que dejes de entrar a ver qué escribí, nunca nada va a hablar de vos. Pero todo bien. Seguí entrando. Es más. Yo seguramente escriba con la ilusión que vos lo leas. Entonces no puedo decirte que nunca más te des una vuelta por acá. Y tampoco puedo dejar de escribir o borrar este maldito blog que nadie lee. ¿Nadie lee? Vos lo lees, y esa es la forma que más me rinde para decirte lo que no te digo.
Quemado con lo que soy. Quemado con lo que quieren que sea. Quemado con lo que no es la gente. Quemado con lo que es la gente. Quemado con lo que tengo. Quemado con lo que me falta. Quemado con lo que fui. Quemado con lo que quise ser. Quemado con lo que soy (ups… eso ya lo dije…). Quemado con lo que nunca escribí en este blog. Quemado con lo que no escribo ahora. Quemado con lo que nunca seré.